No hay nada de lo que avergonzarse

Los humanos somos, ante todo, narradores de historias; le damos sentido al mundo a través de las historias que nos contamos. Nuestro cerebro es una máquina diseñada con el propósito de anticipar problemas, de crear escenarios donde estudiar probabilidades que nos sirvan, llegado el caso, para resolver todo tipo de situaciones. Dicho de otra forma: nos pasamos el día fantaseando.

Cuando una de las situaciones que hemos anticipado se cumple nuestro cerebro nos recompensa con una dosis de dopamina, una recompensa por el trabajo bien hecho que es fundamental para la manera en la que los humanos aprendemos.


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Este sistema de recompensas, que se extiende desde el área límbica del cerebro, vital para la expresión de emociones, hasta la corteza prefrontal, crítica en la ejecución de pensamientos, fue observado por primera vez en la década de 50 por los investigadores James Olds y Peter Milner de la Universidad McGill.

Milner y Olds colocaron electrodos estimulantes en lo que suponían serían las áreas de recompensa cerebral en las ratas. Cuando permitían a dichas ratas acceder sin límites al mecanismo que disparaba la dopamina estas aprendían a presionar la palanca sin pausa, a menudo dejando de lado el agua y los alimentos.

Descubrir que nuestro cerebro es capaz de producir sentimientos tan intensos que pueden hacernos ignorar otros impulsos tan elementales como el hambre y la sed fue el primer paso para comprender el enorme poder de los circuitos de recompensa del cerebro.

«La fantasía erótica no es algo de lo que avergonzarse»

Las imágenes que vemos con los ojos y las que imaginamos en nuestra mente se procesan  en el mismo lugar del cerebro. Para el cerebro no hay diferencia entre realidad y sueño.

La diferencia entre la realidad y la fantasía reside en que la fantasía no se ciñe a las imposiciones de lo real. No se ciñe a ninguna ley, ni siquiera a las de la física. La fantasía vuela libre mientras que la realidad no puede escapar a sus propias normas. Y por eso las fantasías, también las sexuales, son tan poderosas.

A lo largo de nuestra vida sexual podemos experimentar, sentir, tener muchos y variados deseos que podemos o no querer llevar a cabo. Algunos entrarán en el rango de lo realizable, otros serán del todo imposibles, pero todos nos excitarán en un momento dado.

La fantasía erótica no es algo de lo que avergonzarse. Mientras siga siendo sólo fantasía sólo nos da información relevante sobre lo que nos gusta, sobre lo que nos estimula en el terreno sexual.

Hay fantasías peculiares pero sobre todo fantasías comunes; clásicos como montar un trío o practicar sexo en lugares públicos o novedades como el ‘sexting’. Siempre y cuando la excitación que nos provoque nuestra fantasía sea positiva y contribuya al disfrute de nuestra sexualidad ¿qué razón podríamos tener para reprimirla?

La fantasía es el juguete sexual perfecto: gratuito, sin baterías y personal a cada uno; tan asociada al disfrute de la sexualidad humana que, sin algún tipo de fantasía es prácticamente imposible mantener una erección voluntaria. En terapia sexual es habitual proponer a los pacientes que lleven un diario de fantasías. Este ejercicio sirve para organizar nuestro deseo e imaginar lo que podríamos disfrutar realizando determinadas prácticas o en determinadas circunstancias; contribuye a explorar las actividades sexuales que podrían servir para estimular nuestra vida sexual. Porque cuando negamos sistemáticamente nuestras fantasías mutilamos de alguna manera nuestro deseo.

Lo que para muchos resulta sencillo para otros no es tan natural y muchos necesitan apoyos para arrancar su deseo, recursos para facilitar que su cerebro comience a fantasear mediante  películas porno, cómics sexuales, literatura erótica, etc.

El trabajo de las fantasías eróticas o sexuales es fundamental para las personas que presentan alguna disfunción o dificultad sexual, pero también para cualquier persona que desee experimentar una sexualidad sana y satisfactoria. El mantenimiento de nuestra imaginación sexual es tan importante para la mente como los ejercicios Kegel para el cuerpo.

Es responsabilidad de cada uno trabajar su propio deseo y no pocas parejas consideran finalizar su relación cuando sienten que la chispa sexual se ha extinguido entre ellos, sin darse cuenta de lo que explorar en conjunto sus fantasías puede hacer por ellos. Para que el deseo se sostenga hay que alimentarlo de manera consciente y activa.

Fantasear no es malo, pero puede llegar a serlo si se convierte en la única manera que tiene una persona de excitarse, como puede pasar con los fetichismos, o le genera algún tipo de obsesión o compulsión de repetición. En estos casos es conveniente poner el problema en manos de un profesional especializado en ese trastorno que es probable esté generando no poco malestar personal y relacional.

Aún siendo fuentes de placer hay muchas personas que tienen miedo a fantasear, a despertar deseos que puedan escapar de su control o volverse en contra del deseo que consideran aceptable. Es un miedo legítimo que, como la fantasía, también convendría explorar solos, en pareja o en consulta. No tienes por qué contárselo a nadie, pero desde aquí te animamos a hacerlo.